A 82 años del terremoto de 1944: la tragedia que despertó la mayor solidaridad del país


El 15 de enero de 1944, a las 20:49, San Juan fue sacudida por el terremoto más devastador registrado en la historia argentina. En menos de un minuto, una ciudad entera quedó reducida a escombros y cerca de 10.000 personas perdieron la vida, sobre una población aproximada de 90.000 habitantes.

El epicentro del sismo se ubicó a unos 20 kilómetros al norte de la capital sanjuanina, en las cercanías de la localidad de La Laja, departamento Albardón. La magnitud fue estimada en 7,4 grados, con una intensidad máxima de IX en la escala Mercalli modificada. Las ondas sísmicas se sintieron también en Córdoba, La Rioja, Mendoza y San Luis.

Las consecuencias fueron devastadoras. Se calcula que el 80 % de la ciudad de San Juan quedó destruida y numerosos departamentos vecinos resultaron gravemente afectados. A diferencia de otros grandes terremotos, el impacto fue desproporcionado debido a la precariedad de las construcciones: la mayoría de las viviendas eran de adobe o ladrillo cerámico macizo, antiguas y sin refuerzos antisísmicos, lo que provocó derrumbes generalizados.

A la tragedia estructural se sumaron condiciones extremas. Minutos después del sismo comenzó una intensa lluvia que se prolongó durante varios días, acompañada por un frío inusual. Luego llegó el fuerte calor de enero, agravando la situación sanitaria. El olor de los cuerpos atrapados bajo los escombros obligó a realizar cremaciones de urgencia para evitar la propagación de enfermedades como la fiebre tifoidea. Las réplicas posteriores terminaron de derrumbar lo poco que había quedado en pie.

En medio del dolor, la desesperación y la incertidumbre, emergió una respuesta que quedó grabada en la memoria colectiva: la solidaridad.

La fuerza de un pueblo unido

Desde las primeras horas posteriores al terremoto, la ayuda se organizó de manera inmediata. El gobierno provincial dispuso la remoción de escombros, la recuperación de cuerpos y la habilitación de calles para permitir el tránsito. Se utilizaron todos los medios disponibles y se ordenó la demolición de edificios con riesgo de colapso. También se decretó el toque de queda para prevenir saqueos en una ciudad completamente vulnerable.

El Ejército Argentino cumplió un rol fundamental. Restableció parcialmente las comunicaciones, organizó transmisiones radiales, montó puestos sanitarios de emergencia, instaló baños de campaña, coordinó la distribución de alimentos y creó campamentos para niños y familias damnificadas. Su intervención permitió ordenar una situación crítica y brindar asistencia básica a miles de personas.

Médicos, enfermeros voluntarios, sacerdotes y soldados trabajaron sin descanso entre los escombros. Muchos arriesgaron su vida para rescatar heridos y aliviar el sufrimiento ajeno, demostrando que la vocación de servicio y el compromiso humano podían imponerse incluso en el peor escenario.

La ayuda llegó rápidamente desde todo el país. Mendoza fue una de las primeras provincias en responder: habilitó el Hospital Central, recientemente inaugurado, para recibir a miles de heridos trasladados a pocas horas de la tragedia. Trenes y vehículos particulares partieron con médicos, enfermeros, medicamentos, alimentos, ropa, abrigo y agua potable. Córdoba fue la segunda en llegar, seguida por La Rioja, San Luis, Salta y Santa Fe.

La solidaridad también cruzó la Cordillera. Desde Chile partió ayuda inmediata, aunque un trágico accidente aéreo impidió que un grupo de médicos y enfermeros llegara a destino, perdiendo la vida en cumplimiento de su misión humanitaria.

Días después, el presidente de la Nación, general Pedro Pablo Ramírez, visitó San Juan. A nivel nacional se organizó una gran colecta solidaria desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, que reunió más de treinta y ocho millones de pesos, una cifra inédita para la época y símbolo del acompañamiento de todo el país.

Un legado que perdura

El terremoto de 1944 marcó un antes y un después en la historia de San Juan. Impulsó cambios profundos en las normas de construcción, en la planificación urbana y en la conciencia sísmica nacional. Pero, por sobre todo, dejó una enseñanza imborrable: en medio de la mayor tragedia, la solidaridad fue la fuerza que permitió empezar a reconstruir no solo una ciudad, sino también la esperanza.

Este recuerdo es un homenaje a las víctimas y a sus familias, y también a todos aquellos que, con gestos solidarios y compromiso colectivo, demostraron que un pueblo unido siempre encuentra la manera de levantarse.





Fuente: sisanjuan.gob.ar

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