El bitcoin cayó por debajo de los u$s78.000, arrastrado por un cambio de clima global que volvió a favorecer a los activos refugio. Cuáles son los motivos, qué pasa con su vínculo con el oro como activos de refugio mientras crece la alarma entre inversores.
El precio de Bitcoin se ubica en u$s77.000 este domingo, más de un 30% por debajo de los casi u$s125.000 que había alcanzado el 6 de octubre de 2025. Casi en simultáneo a la brutal caída del oro y la plata, el Bitcoin perforó niveles clave y los analistas se debaten si con esta caída, pierde su valor como activo de refugio.
La reciente caída del bitcoin no fue un hecho aislado ni sorpresivo. La principal criptomoneda del mundo perforó el umbral de los u$s78.000, marcando sus niveles del 2024, en un contexto global cada vez más adverso para los activos de riesgo. El movimiento bajista se inscribe en un repliegue más amplio del mercado cripto y refleja, sobre todo, un cambio de clima macroeconómico y geopolítico.
El debilitamiento no se limita al bitcoin. Ethereum, la segunda criptomoneda por capitalización, cotizaba este domingo cerca de u$s2.398, muy lejos de los u$s4.831 alcanzados en agosto del año pasado. En términos agregados, la capitalización total de las casi 19.000 criptomonedas relevadas por CoinGecko se ubicó en u$s2,64 billones, un 39% por debajo del récord de u$s4,3 billones registrado en octubre de 2025.
Giro hacia activos refugio
El trasfondo es claro: los inversores están replegándose hacia activos tradicionales de resguardo, como el oro y la plata, ante un escenario de tensiones geopolíticas, incertidumbre comercial y una política económica estadounidense cada vez más expansiva y disruptiva. La administración de Donald Trump profundizó los aranceles, elevó el tono en política exterior y reintrodujo una dosis elevada de imprevisibilidad, factores que suelen castigar a los activos más volátiles.
Este comportamiento contrasta con algunas proyecciones optimistas de años recientes. En septiembre pasado, un informe de Deutsche Bank titulado “Bitcoin vs. Oro: el futuro de las reservas de los bancos centrales en 2030” sugería una creciente complementariedad entre ambos activos, destacando su baja correlación con las clases tradicionales y anticipando una mayor adopción del bitcoin en reservas oficiales, en un mundo que avanzaría hacia la desdolarización. Sin embargo, la dinámica actual parece desmentir, al menos en el corto plazo, esa tesis.
image
Una “crisis de identidad” del bitcoin
Según la consultora cripto Kaiko, citada por el Financial Times, la volatilidad reciente dejó al descubierto una “crisis de identidad” del bitcoin. El activo quedó excesivamente asociado al discurso político de la actual administración republicana y, en ese marco, estaría pagando el costo de esa identificación en momentos de estrés financiero global.
A esto se suma un factor clave: la expectativa de un endurecimiento monetario. La nominación de Kevin Warsh como posible presidente de la Reserva Federal reforzó la percepción de que podría haber menos liquidez en el sistema. Warsh ha sido explícito en su rechazo a un “dólar digital”, al que calificó como una herramienta de control estatal incompatible con los valores estadounidenses, y se mostró cauto —cuando no escéptico— respecto del rol futuro de las criptomonedas. En un mercado acostumbrado a tasas bajas y abundancia de dólares, ese mensaje pesa.
¿Hasta dónde puede caer el bitcoin?
Desde el punto de vista técnico, los analistas advierten que la ruptura de soportes clave dejó al bitcoin vulnerable a nuevas correcciones si no logra recuperar impulso. En enero de 2026, el precio osciló entre máximos cercanos a u$s96.000 y mínimos por debajo de u$s80.000, reflejando una volatilidad elevada. Los indicadores de sentimiento, como el índice Fear & Greed, marcaron niveles de “miedo extremo”, típicos de fases de pánico.
No obstante, no todos los escenarios son negativos. Algunos analistas consideran que el bitcoin podría entrar en una fase de consolidación en la zona de u$s87.000–u$s90.000 y, si logra sostenerla, ensayar una recuperación más adelante. La adopción tecnológica continúa, pero la falta de un modelo de valuación claro y su alta sensibilidad al contexto macro siguen siendo sus principales debilidades.
