P.: Se diría, por sus propias palabras, que ya no aspira a un cambio de gobierno en Irán.
G.G.: ¿Porque está dispuesto a negociar con el gobierno actualmente en funciones?
P.: Precisamente.
G.G.: Si la guerra se basó en la idea de replicar la experiencia de Venezuela, como Trump dijo sin tapujos el día 6 de la contienda, entonces tienen que haber establecido contactos que alentaran mínimamente esa expectativa. Ahora bien, ¿habla el presidente con esa misma gente? No lo sabemos. Lo dudo mucho.
P.: Porque tampoco sabemos si es verdad que negocia con Irán. Ellos lo niegan con énfasis.
G.G.: Correcto. Supongamos que es una fabulación. No obstante, Trump, cuando había prometido que iba a bombardear todas las centrales eléctricas de Irán, puso una oferta de paz sobre la mesa. En última instancia, como para iniciar así las negociaciones. ¿Con quién? Tal vez, después de haber eliminado a tantos dirigentes, ya no conozca a nadie. Es, si se quiere, una excursión de pesca. Pero si alguien muerde el anzuelo del lado de Irán, si demuestra interés, avanzará por esa línea. Mientras tanto, Trump fabricó una tregua dónde se insinuaba un Lunes Negro.
P.: Eso es lo que cree Irán, que Trump buscó manipular los mercados y ganar tiempo para esperar que lleguen los marines.
G.G.: Yo diría que todo eso es cierto, incluyendo el ofrecimiento de negociar la paz en serio. Agregaría también que, de los tres actores en pugna, el más interesado en evitar que se destruya la infraestructura crítica de energía también es Trump. Y ese es el capítulo que viene.
P.: ¿No cree que la tregua prospere, y que permita, eventualmente, poner fin a las hostilidades?
G.G.: En estas condiciones, es muy difícil. Irán está ganando la guerra en los términos estratégicos que ellos siempre pensaron. Esta película ya la vieron con el Irak de Saddam Hussein en los años ochenta, solo que procede a más velocidad. Trump vence en todas las batallas y ya luce desesperado por retirarse. No resiste una campaña que se prolongue. Irán exporta más petróleo que antes y lo factura 50% más. ¿Por qué aceptar una oferta de paz? ¿Cuál es el apuro? Ormuz y la llave de la crisis de energía están bajo su control. Cuánto peor sea la crisis, peor para Trump y mejor para Irán. Recién vamos por la cuarta semana, y la Casa Blanca ya no exige una rendición incondicional, sino sentarse a conversar. ¿Qué aceptará entonces en dos o tres semanas más?
P.: Suena ominoso.
G.G.: Así es. Trump se preparó para una guerra corta. Y un cambio de gobierno rápido. Y para que Irán no bloqueara el estrecho. Siempre amenaza, pocas veces lo concretó. En el conflicto de 12 días de junio, por caso, no lo obstruyó. En fin, el daño está hecho. El error de cálculo fue muy grande.
P.: ¿Y cuál es la salida?
G.G.: Que la excursión de pesca traiga algún pez gordo, o un cardumen de disidentes de adentro del gobierno, que permita acelerar un cambio político interno, sería la solución más alentadora, pero es una expresión de deseos. Pienso que Trump tendrá que hacer una demostración de fuerza contundente, incluyendo bloquear la salida del petróleo iraní, para que la situación vire a su favor. Y entonces sí se le prestará atención.
P.: ¿Cree que pondrá tropas en el terreno?
G.G.: No era el plan A. No creo que sea el plan B. Puede destruir la infraestructura de almacenamiento de la isla de Kharg con la aviación. Quizás deba realizar una operación quirúrgica, un golpe comando, sobre un blanco específico. Atacar e irse como hicieron los marines en Venezuela. Si Trump quiere negociar, debe hacerlo desde una posición de fuerza. Y eso pivotea alrededor del control de Ormuz. Pero evitará todo lo posible estacionar tropas en el territorio y enterrarse más profundo en el conflicto.
P.: En ese marco, la tregua que viven los mercados debería durar poco.
G.G.: Eso pienso. Aunque entienda que hoy sentimos alivio al ver el crudo rondando los 100 dólares y eso es un aumento de casi 70% comparado con su valor a principios de año.
P.: La Bolsa asimila el golpe mejor que los bonos y que los metales preciosos que deberían servir como activos de cobertura. ¿Por qué?
G.G.: En principio, la guerra es un shock estanflacionario. Va a dañar el crecimiento y la inflación. Los mercados han hecho más hincapié en la inflación que en el crecimiento, aún cuando también incorporan la idea de que los bancos centrales estarán obligados a subir sus tasas de interés.
P.: Aunque en la ronda de reuniones de la semana pasada prefirieron apostar por el “wait & see”.
G.G.: Las tasas del Tesoro a dos años subieron 55 puntos base desde comienzos de la guerra. Y a pesar de la tregua, la subasta de dos años no tuvo buena recepción. La tendencia es a seguir subiendo. Lo que está implícito, como usted dijo, es que la FED tendrá que elevar sus tasas en lo que resta del año.
P.: No importa que Jerome Powell haya intentado desalentar esa impresión.
G.G.: Creo que importa más el precio del crudo. Y las tasas largas treparon 45 puntos base a diez años. La de 30 años se acerca a 5%.
P.: En ese marco, la Bolsa retrocede, pero con bastante elegancia. ¿No debería acusar un castigo mayor? ¿Por qué el oro se derrumbó, por caso, si lo que soplan son los vientos de guerra, de más inflación e incertidumbre?
G.G.: La suba de las tasas de interés les dobló las rodillas a los metales preciosos. Hasta acá llegó su empuje. Lo curioso es que las criptomonedas, que habían sucumbido a un mercado bear ya en octubre, ahora respondieron mucho mejor. Lo que también nos dice que la valuación y el posicionamiento importan mucho. Donde había espuma, se descrema.
P.: La Bolsa va camino a una caída del 10%. ¿Se quedará en el rango de una corrección? ¿O toca la hora del mercado bear?
G.G.: Lo último que se pierde es la esperanza. Y ese comportamiento tan prolijo que mantiene en condiciones que son difíciles, y se van a agravar más, confirma que conserva la esperanza intacta. Habrá que mirar la data económica y cruzar los dedos para que Trump pueda zafar del brete sin causar grandes destrozos. Todavía es muy temprano para sacar conclusiones, pero lo que se ve de marzo es una desaceleración en los EEUU y un impacto mucho más fuerte en la eurozona, que depende en grado sumo del petróleo de Medio Oriente. Si la crisis se extiende, el pronóstico es delicado.
