Diálogos de Wall Street: Donald Trump prometió una bonanza y cumplió, pero no es la variedad que le sirve en un año electoral


El presidente de EEUU no está conforme con sus logros. La bonanza que generó –perceptible tanto en Wall Street como en Main Street aunque no mucho en la industria manufacturera– no es una prosperidad que le rendirá en las urnas.

Robb Miller

La economía de Estados Unidos es la envidia del mundo, afirmaba The Economist en una célebre portada de 2024, allá por los últimos meses del mandato de Joe Biden. No era una definición desacertada, por más que Donald Trump sostuviese otra, que era una catástrofe. Finalmente, Biden no llegó siquiera a competir por su reelección. Y el magnate republicano ganó la puja en los comicios con claridad (se impuso en todos los estados bisagra y hasta en el voto popular). Y así tuvo revancha. Un año más tarde, ¿qué decir de su gestión? ¿Es América grande, de nuevo? ¿O se achicó en la increíble vorágine que el presidente impulsa en tantos frentes sensibles en simultáneo? Trump prometió orquestar una bonanza y cumplió. Pero su preocupación es mayúscula: la sensación térmica no registra para nada las bondades de la temperatura real. La gente se queja en los sondeos de opinión. La plata no le alcanza. Y el reloj apura. Es el turno de las elecciones de mitad de término y se vuelve a votar en noviembre.

Estados unidos creó 49.000 empleos netos en diciembre. Se esperaban 70.000. Las cifras preliminares de los meses previos se corrigieron con saña. Noviembre perdió 8.000 puestos, a 56.000. Y octubre, 68.000. Octubre destruyó, en total, 176.000 posiciones netas. Vale tener presente, Jerome Powell dixit, que la FED considera que las mediciones oficiales sobrestiman hoy la realidad en 60 mil empleos al mes. En comparación, las Bidenomics alentaban otro mercado laboral. En 2023 se sumaron más de 200.000 puestos mensuales promedio. Y 168.000 en 2024. En 2025 fueron apenas 49.000. La política migratoria de Trump redujo bruscamente la oferta de mano de obra. El salto abrupto de los aranceles recíprocos – con el Día de la Liberación como emblema, el 2 de abril – marcó un antes y un después en la dinámica de las contrataciones. Desde entonces, mes tras mes, contrariando los deseos de la Casa Blanca de manera sistemática, la industria manufacturera reduce su dotación de personal. Octubre añadió una fuerte poda en el sector público. El promedio de los últimos tres meses arroja – para la economía en su conjunto – una caída neta de 22.000 empleos. Aunque el sector privado sumó 39.000. Que la confianza del consumidor se hunda y merodee valores propios de una recesión no sorprende. Que la proporción de la población que aprueba la gestión de la política económica se ubique en un mínimo absoluto, tampoco.

¿Y dónde está la bonanza prometida? En Wall Street, la exuberancia es evidente. Aunque bien medida no existe euforia tampoco. Pero los récords se acumulan unos tras otros y hablan por sí solos. El Dow Jones Industrial se arrima a los 50.000 puntos. El S&P 500, a los 7.000. Esta vez las acciones tecnológicas no son las dueñas del show. Desde que despuntó 2026, el S&P 500 escaló 1,8%, el Nasdaq, 1,9% y el Dow Jones, 3%. Lo que más se excita no es ya la inteligencia artificial sino la revalorización del medio pelo. El S&P Mid Cap 400 subió 3,7% y el Russell 2000, la canasta que agrupa a las pequeñas compañías, 4,7%. Ningún presidente más obsesionado con la marcha de la Bolsa que Donald Trump en su primer mandato, señaló Jeremy Siegel, de Wharton, en su momento. En su segunda versión es distinto. Sabe políticamente que solo con eso no le va a alcanzar.

La bonanza no es una creación exclusiva de Wall Street. No es un artificio financiero. Trump despotrica contra la FED y le exige más generosidad a la política monetaria. A su juicio, y el del secretario del Tesoro, Scott Bessent, es todo mérito de sus políticas no convencionales (suba de aranceles y protección comercial, rebaja de impuestos y desregulación). Poco y nada, dicen, aportó la limosna de las tres bajas de tasas de septiembre a diciembre. Como sea, equivocados o no, la economía empuja con fuerza. Main Street no es ajena a la fiesta. La economía creció 4,3% en el tercer trimestre impulsada por los servicios. Su vigor sorprendió sobremanera. El consumidor, atribulado pero gastador, fue su principal (aunque no único) motor. El “shutdown”, el cierre parcial de la Administración en octubre y mitad de noviembre, no apagó los bríos. El pronóstico en tiempo real de la FED de Atlanta detecta una aceleración del crecimiento a 5,1% en el cuarto trimestre (con otra contribución esperada sobresaliente del consumo privado, +3%).

Si Wall Street premia ahora a las compañías pequeñas y medianas es porque no duda de la bonanza y anticipa un derrame favorable del ciclo económico.

No se trata de un auge del empleo, pero sí de la productividad. Los datos del tercer trimestre son rotundos. Creció 4,9% y a la par los costos laborales unitarios decayeron 1,9%. Es un boom de los negocios. Su producto específico subió 5,4% con un aumento de apenas 0,5% de las horas trabajadas. Wall Street tomó debida nota (antes de conocer estas cifras precisas) cuando revisó los balances de las compañías del tercer trimestre y se sorprendió con el avance interanual de dos dígitos de su rentabilidad: 14,3%. Y hoy proyecta que ese ritmo se mantenga a lo largo de todo 2026.

¿Qué más pretende Trump? ¿Por qué amenaza despedir a Powell de la FED (y no le renovará el mandato cuando venza en mayo)? ¿Por qué insiste en la necesidad de derrumbar a 1% las tasas de interés? ¿Por qué manda a las agencias hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac a comprar 200 mil millones de dólares en bonos hipotecarios en aras de precipitar las tasas largas? ¿Por qué quiere fijarle un techo de 10% a las tasas que cobran las tarjetas de interés o prohibir que las corporaciones puedan invertir en viviendas unifamiliares (y suban su precio)? Trump no está conforme con sus logros. La bonanza que generó – perceptible tanto en Wall Street como en Main Street aunque no mucho en la industria manufacturerano es una prosperidad que le rendirá en las urnas. Trump es pro-negocios, pero si la bonanza del capital no derrama a la esfera del trabajo, hará un mal negocio político. Por eso mismo sus propuestas suenan hoy tan parecidas a las de Biden (o, inclusive, a las de Elizabeth Warren, más a la izquierda del dial). De repente, se encuentra atrapado en el mismo brete. El ingreso crece, pero la participación de los trabajadores cayó a un mínimo desde 1947. El mercado laboral se atascó. No hay una oleada de despidos, tampoco crecen las oportunidades y las nuevas búsquedas. La economía podrá ser la envidia del mundo, pero si no da un golpe de timón, la irritación de la clase media– que conforma el grueso de los votantes – pasará factura en noviembre. El presidente ansioso y ofuscado es un elefante en un bazar. No se quedará quieto y puede terminar rompiendo lo que funciona bien. Dependerá del filtro de Scott Bessent – y de la buena voluntad de los bond vigilantes – que así no sea.





Fuente: Ambito

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