Diálogos de Wall Street: el estrecho de Ormuz, la clave del éxito o el fracaso de Donald Trump


Periodista: El presidente Trump ha dado seis o siete veces por terminada la guerra en Irán. Concluirá pronto, acaba de afirmar, pero “no será esta semana”. ¿Qué pensar? ¿Quiere, pero no puede?

P.: El predominio contundente en el campo de batalla no asegura la victoria, aunque haya pulverizado las fuerzas iraníes, como bien detalla Trump. La guerra todavía se puede perder fuera del plano militar.

G.G.: Lo importante es que el plan político que estuvo detrás no funcionó. El cambio de régimen no se produjo. Trump ya está pensando en tomar Cuba. Y prefiere hablar de eso. No insiste con la irrupción de una Delcy Rodríguez que le entregue las llaves del gobierno de Teherán. Debe ser una gran decepción.

G.G.: Esa es la idea cuando el presidente nos señala que la guerra está “prácticamente terminada”. Pero, claro, falta asegurar el fin de obra.

P.: ¿Por culpa del bloqueo del estrecho de Ormuz?

G.G.: Esa es la restricción que impide dar las hurras y retirarse. Pero Ormuz estaba perfectamente navegable antes de iniciar las hostilidades. No es que hubo que acudir a las armas para despejarlo.

P.: La razón de la guerra fue inicialmente otra. Pero ahora es esa. Ormuz no era un problema. Hoy es imprescindible resolverlo para poder alcanzar la paz.

G.G.: Es así. Y en esa migración, el petróleo subió 30 dólares y lo que bajó notablemente es el ánimo beligerante del presidente.

P.: Se recalentó el petróleo y se enfrió la belicosidad de Trump.

G.G.: Pero, sobre todo, el casus belli se volvió abstracto.

P.: ¿Cómo es eso?

G.G.: La idea era gatillar un cambio de régimen “inminente”.

P.: Y no se dio.

G.G.: La guerra comenzó con la eliminación del ayatolá Alí Jamenei. Es decir, retomó las hostilidades desde el lugar preciso en el que las había dejado, en junio pasado, la Operación Martillo de Medianoche. Está claro que el ayatolá no aceptó la oferta de emular a Delcy pacíficamente. Pero la ofensiva militar tampoco consiguió ningún progreso visible pese a las amenazas de Trump. Y todo indica que ya no alberga demasiadas esperanzas.

P.: Cuba lo atrae más.

G.G.: Avanzar allí es una derivación lógica del éxito de Trump en Venezuela. No olvide que hubo que liquidar la guardia pretoriana de cubanos que rodeaba a Maduro para llevarlo sin un rasguño a EEUU. En cambio, trasladar esa experiencia a Irán probó ser un injerto demasiado forzado. Un error de cálculo costoso.

P.: No hay mal que por bien no venga. Trump redescubrió los valores del multilateralismo. Y ahora invoca la necesidad de constituir una fuerza multinacional que se ocupe de garantizar la libre circulación del estrecho de Ormuz. ¿Cree que lo conseguirá?

G.G.: Antes deberá sellar la paz con Irán.

P.: La respuesta, entonces, es no.

G.G.: Va a despejar Ormuz; pero deberá hacerlo por su cuenta, quizás con el apoyo del resto de los países del Golfo, aquellos que Irán ataca continuamente.

P.: ¿Está seguro?

G.G.: Nada es seguro en una guerra. Pero el precio del petróleo puede hacer milagros. Cuanto más suba más riesgos deberá tomar Trump, le guste o no, para no perder como en la guerra en su propio frente interno. El comercio se va a reanudar, aunque la navegación sea más cara y peligrosa, y no se esté completamente a salvo de sufrir eventuales ataques.

P.: La FED se reúne hoy con la novedad del cuadro bélico en curso y una crisis de la energía incipiente. ¿Cómo cambia la política monetaria de cara a esta realidad tan distinta?

G.G.: Trump exigió una baja de tasas a mitad de la semana pasada. Deberá insistir porque tampoco la obtendrá durante la reunión. Sí contará con el voto disidente de Stephen Miran, su hombre infiltrado en la Junta de Gobernadores.

P.: ¿No cambia nada?

G.G.: En principio, es un shock temporal hasta que se pruebe lo contrario. Y lo aconsejable es no sobrerreaccionar. Pero además es un shock negativo de oferta, que es otra complicación porque la FED tiene un solo instrumento – la tasa de interés – y el sacudón tironea la inflación hacia arriba y la actividad para abajo.

P.: Eso la llevará a no hacer nada.

G.G.: Probablemente cambie las proyecciones económicas y será interesante comprobar si mantiene el sendero previsto de sus tasas o cómo lo modifica.

P.: Los mercados ya revisaron las tasas – las largas y las cortas – hacia arriba. Les cuesta ver un recorte antes del cuarto trimestre.

G.G.: Es un escenario optimista. Quiero decir, contempla precios más altos de la energía, pero no lo suficiente como para empujar a la economía a una recesión.

P.: ¿Qué hará Kevin Warsh, el sucesor de Powell elegido por Trump, cuando asuma?

G.G.: No sabemos cuándo será eso. O, mejor dicho, será después que el senador Tom Thillis se dé por satisfecho con la causa penal que la Administración le inició a Powell, ya sea porque la retira o porque la Justicia la desestima.

P.: Supongamos que Warsh pueda presidir la reunión de junio…

G.G.: Será un voto más, y junto con el de Miran, dos de 12. La FED hará lo que hubiera hecho con Powell (esté presente como gobernador o haya renunciado).

P.: ¿Y qué hará el resto de los bancos centrales? La crisis de la energía golpeará más a la mayoría de ellos que a los EEUU.

G.G.: Ver y esperar. Esta semana se reúnen siete bancos centrales del G10 aparte de la FED. El Banco de la República de Australia era el único que analizaba una suba de tasas y ya la concretó tras una reñida votación 5 a 4. Los demás pueden esperar. No van a apresurarse antes de dilucidar si el shock es transitorio o permanente. Y es muy temprano para saberlo.





Fuente: Ambito

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