G.G.: Así es. Eso lleva implícita la expectativa de que su gestión no produzca un daño grave y persistente en la credibilidad del banco central.
P.: Esencialmente, que no estropee la herencia que recibe.
G.G.: Correcto. Warsh prometió muchos cambios en la Fed para conseguir su nominación. Perfecto, puede olvidarlos o ensayarlos, lo único que debe conservar es la reputación de la institución. Perderla sería matar la gallina de los huevos de oro. Tan simple como eso.
P.: ¿Pero es posible, cuando Warsh accede al timón porque Trump lo eligió, digamos, “a su imagen y semejanza”?
G.G.: Hasta Trump le diría que sí. Él ya se quemó con leche con la selección de Jay Powell. El Warsh candidato decía lo que Trump quería escuchar. El Warsh designado guarda silencio. Todo lo que diga puede ser usado en su contra.
P.: No necesita explayarse.
G.G.: Hablará en el Senado para que lo aprueben. Antes no tiene necesidad. El aura de halcón que lo precede le sienta muy bien.
P.: Si Trump lo eligió para que baje las tasas.
G.G.: Rige aquello de “no aclares que oscurece”. El giro vendrá después. El chairman Warsh necesita convencer a sus pares de que lo acompañen en la toma de decisiones. Deberá mostrar empatía con las preocupaciones de los demás para que así sea. La idea de que la Fed no comunique tanto – “para no quedar atrapada de sus propias palabras”, Warsh dixit – empalma naturalmente con el requerimiento de adaptación del discurso.
P.: Será una tarea muy política la que le espera. Diría que de equilibrista.
G.G.: Nada que no haya hecho antes en su paso previo por la Fed. O en la tarea permanente de seducir a Trump para que lo tenga en cuenta para esta oportunidad (después de haberlo desechado en 2017 a favor de Powell).
P.: Powell hizo bien su trabajo. Y eso lo enfrentó muy rápido con Trump. ¿Podrá Warsh llevarse bien con su responsabilidad y con su promotor?
G.G.: La apuesta de Warsh es que el boom de la inteligencia artificial, y el shock favorable de la productividad que ya se insinúa, le permitan, a la vez, mantener un crecimiento saludable, que la inflación se modere y bajar sensiblemente las tasas de interés. Una carambola a tres bandas.
P.: Apuesta a un milagro.
G.G.: No tanto. A grandes trazos, es lo que logró la Fed de Powell desde la segunda mitad de 2022. Sin la ayuda de la inteligencia artificial y cuando parecía imposible esquivar una recesión. Así que yo no me apuraría a tachar la generala triple. Lo que también diría es que Trump es imposible de satisfacer. Siempre va a pedir tasas de interés más bajas. Y para conseguir estos resultados, por ejemplo, Powell tuvo primero que subir las tasas hasta mediados de 2023.
P.: ¿Usted cree que Warsh deberá romper lanzas con Trump, tarde o temprano?
G.G.: Eso es fácil de creer. El mandato de Trump terminará antes que el de Warsh, y Trump no tiene reelección y Warsh, sí. ¿Cuántos soldados tiene Trump en el FOMC, el comité que toma las decisiones dentro del banco central? Uno solo fiel a rajatabla, Stephen Miran que entró por la ventana, que tenía mandato hasta fin de enero e iba volver a su función en el Ejecutivo, y que ahora se quedará. ¿Y que consiguió Miran votando sistemáticamente en disidencia? Nada. Si Warsh quiere realizar lo que le prometió a Trump forzosamente deberá negociar y apoyar iniciativas que para Trump tendrán gusto a poco. Si el presidente se molesta y lo hace saber públicamente… ¿Quién estará rompiendo la relación? Visto así, el papel clave es del secretario del Tesoro, quien es el responsable de toda la operación de la política económica.
P.: Scott Bessent es quién deberá mediar y explicarle a Trump cuáles son los límites de lo posible.
G.G.: Es el rol que tuvo Stephen Mnuchin con Powell. Y cargará con las culpas.
P.: No es un buen antecedente. Mnuchin cayó en desgracia por el comportamiento independiente de Powell.
G.G.: Son las reglas de la función. Warsh y Riedel eran los candidatos de Bessent a conducir la Fed. Más Riedel que Warsh, a decir verdad, quien tiene capacidad de maniobra propia. Yo diría que si Trump critica abiertamente a Warsh le va a servir a Warsh para construir credenciales de autonomía y negociar mejor en el seno de la Fed. Eso, inicialmente, Bessent lo podrá manejar. No se olvide que ya controla la supervisión bancaria a través de la gobernadora Michelle Bowman (tras desplazar al gobernador Michael Barr). Y que lo consiguió con sutileza y sin levantar gran polvareda.
P.: Pero Trump no se mete en el detalle de la desregulación bancaria. Y sí quiere ver las tasas en 1%. Es un asunto concreto y es fácil verificar si se cumple o no.
G.G.: De acuerdo. Ya le dije: Trump nunca va a estar satisfecho. Pero ni siquiera Stephen Miran, que está dispuesto a quemarse a lo bonzo por la causa, pide tasas de 1%. Y acaba de ser confirmado por el presidente.
P.: Se habla de un acuerdo entre el Tesoro y la Fed como el que formalizó la división de trabajo entre ambos en 1951. ¿Lo ve factible?
G.G.: Todo lo que haya dicho Warsh en “campaña” lo tomaría con pinzas. No está obligado a seguir el libreto pensado para ganar el acceso a la Fed. Warsh ya tiene la venia que buscaba para instalarse. Su discurso funcionó. Ahora hay que dar vuelta la página. El chairman no es un dictador, aunque lo parezca porque sus decisiones siempre terminan siendo aceptadas.
P.: De nada serviría un chairman derrotado en las reuniones de política monetaria y que dejase en evidencia que la Fed va por otro camino.
G.G.: El liderazgo requiere convencer para vencer. Es un trabajo paciente de negociación que demanda flexibilidad y se dirime apoyándose mucho en la data, los modelos y la información que procesa el staff. Warsh no es economista, no es un académico ni nada que se le parezca. No va a inventar la pólvora y arrastrar consigo a los demás porque les muestre espejitos de colores. Esa etapa terminó y Trump lo premió con la designación. En rigor, recién ahora comienza la parte difícil. Difícil, pero no imposible.
P.: Warsh viene urgido por la extraordinaria presión presidencial para que baje las tasas. ¿Y si la data sugiere otra cosa?
G.G.: Tendremos una Fed más data-dependiente que Warsh-dependiente. Aunque a Trump no le guste. Sin embargo, en la actualidad, la anemia laboral, que es muy severa, juega a favor de una solución no traumática, que hace posible limar las discrepancias. El gobernador Waller ya votó a favor de una baja de tasa en la última reunión (junto con Miran). Michelle Bowman dijo que estuvo muy cerca de llegar a esa conclusión. Si la revisión de la creación de trabajo en 2025 da cero o muy cerca, la próxima baja de tasas ni siquiera necesitaría esperar a que asuma Warsh. Alternativamente, Powell le puede hacer el favor de demorarla para que el nuevo chairman se estrene con un recorte.
P.: Warsh habló de una reducción drástica de la hoja de balance de la Fed, lo que obligaría a desprenderse de bonos del Tesoro en cartera y podría provocar una suba paralela de las tasas largas. Por otro lado, se menciona la intención de conducir una estrategia de control de la curva de rendimientos que apuntaría a bajar las tasas cortas y ponerles un techo a las largas con una estrecha colaboración entre la Fed y el Tesoro. ¿No hay una contradicción ahí?
G.G.: Desde ya. Lo que haya dicho Warsh tómelo con pinzas. Es opcional. Lo que ya está haciendo Bessent desde el Tesoro, eso sí es relevante. Warsh no lo va a torpedear. Si ya la Fed de Powell está aumentando la hoja de balance, si Bessent hace malabarismos para financiarse sin que suban las tasas largas, no va a venir Warsh a arruinarle la estrategia. En palabras de Stan Druckenmiller, el legendario inversor y ex socio de Warsh: “No va a ser tan estúpido”. Yo no veo cambios drásticos ahí (aunque los prometa para un futuro lejano). Lo que sí sabemos es que si se enfría el mercado laboral, o el gasto del consumidor, o, inclusive, la demanda de metales y criptomonedas como mecanismo de cobertura, hay espacio para bajar las tasas largas. Por ahí va a andar la colaboración entre la Fed y el Tesoro.
