En modo panelista, el Presidente dedicó buena parte de su discurso a chicanear al peronismo. No hubo alusiones a Nahuel Gallo, una cucarda que se llevó, de forma insólita, el «Chiqui» Tapia. Lo central apareció al final: agenda reformista, alianza con EEUU, defensa por desempleo y críticas a los empresarios.
Javier Milei se presentó ante la Asamblea Legislativa y desplegó un show personal, con cruces constantes con la oposición. Lejos de un clima institucional, la Cámara de Diputados se convirtió en una tribuna futbolera, con insultos y chicanas de ida y vuelta. Por el modo panelista que adoptó el jefe de Estado, se impone separar lo central de lo accesorio, ya que esto último eclipsó buena parte de la noche parlamentaria. Entre las definiciones de relieve aparecen las reformas en carpeta y la confirmación de una alianza estratégica con los Estados Unidos, que excede el salvataje financiero de octubre pasado.
La llegada del Presidente al Congreso estuvo antecedida por la liberación de Nahuel Gallo, hecho que el Gobierno no logró capitalizar: la Asociación del Fútbol Argentino de Claudio Tapia se anticipó al anunciar la excarcelación, se adjudicó las gestiones y envió una comitiva para traer al gendarme de regreso. Un mapa de triangulaciones geopolíticas desconcertantes, donde una federación deportiva asumió un rol que suele estar reservado a la diplomacia estatal.
Se trata de un dato imposible de soslayar y que llegó con el timing justo para opacar la presencia de Milei en el recinto. El Presidente no hizo mención al hecho en su discurso. Luego, sí: al finalizar la ceremonia, el primer mandatario brindó una entrevista televisiva. «Si vuelve, por el motivo que sea, bienvenido», sostuvo. Para Milei, era «una tragedia» que Nahuel Gallo estuviera «secuestrado» y advirtió que «lo demás» son «cuestiones de vigésimo quinto orden».
En el Congreso, Milei prefirió la puesta en escena: la performance individual y la gestualidad histriónica que tan buenos resultados electorales le rindieron. Así, dedicó buena parte de su alocución a alternar datos de gestión con cruces con los opositores, en una pelea que por momentos rozó el ridículo, entre griteríos, cánticos y risas socarronas. También dejó atrás la promesa de evitar insultos y agravios, formulada tras la derrota en los comicios bonaerenses de septiembre pasado. Derrota que sigue en la memoria del Presidente, ya que la retomó para hablar de intentos «golpistas» desde el PJ e incluso desde «los propios», un tiro por elevación a Victoria Villarruel.
Desencajado, repitió el rap de la herencia recibida y, ante cada interrupción desde las bancas, abrió largos paréntesis cargados de acusaciones, a modo de notas al pie. “Brutos”, “chorros”, “delincuentes”, “tienen dificultad para sumar”, y un largo etcétera. El discurso, previsto para una hora, se extendió media hora más. La escena confirma que la política ya ingresó en modo campaña y que Milei vuelve a elegir al kirchnerismo como adversario central, tras una semana en la que comenzaron a circular nombres en el PJ que lucen alejados de ese imaginario, como el de Miguel Pichetto.
La oposición, por su parte, falló en su estrategia. Los intentos por incomodar emocionalmente al Presidente no prosperaron: Milei devolvió cada intervención con la ventaja del micrófono abierto. Resultó, acaso, más efectiva la táctica del PJ en 2025, cuando los legisladores optaron por vaciar el recinto.
Reformas y alianzas
Lo central de la apertura de sesiones ordinarias llegó sobre el final: el anuncio de un paquete de reformas que llegará mensualmente al Congreso. Sin detalles finos, Milei anticipó su agenda reformista: electoral, del Código Penal, educativa y tributaria, además de la eliminación de barreras regulatorias para liberar mercados. Serán diez proyectos por mes durante los próximos nueve meses.
La oleada tiene lógica política: en las extraordinarias el oficialismo acumuló siete victorias legislativas —reforma laboral y Presupuesto incluidos— y el Presidente cuenta con un elenco de aliados capaz de otorgarle mayorías circunstanciales. Entre ellos, los gobernadores, a quienes esta vez dedicó apenas una oración, vinculada a un pedido —amable esta vez— para que también bajen impuestos como lo hizo Nación. Los impuestos internos a autos, motos y celulares terminaron de eliminarse tras la aprobación de la reforma laboral el viernes.
También quedó explicitada la alianza estratégica con los Estados Unidos. Milei reconoció el apoyo de Donald Trump, destacó el acuerdo comercial —aún no enviado al Congreso— y dejó claro que Argentina se alineará con Norteamérica en sus disputas geopolíticas y bélicas. De paso, cuestionó la neutralidad argentina durante ambas guerras mundiales, con perjuicios económicos incluidos en ese balance. La idea de la “moral occidental como política de Estado”, desarrollada en una extensa explicación teórica, no resulta inocente en el actual contexto global.
El Presidente también buscó responder a una de las críticas más persistentes contra su gestión: el cierre de empresas y la pérdida de empleo. “La tasa de desempleo cayó a pesar de que aumentó la oferta; eso significa que se crearon más puestos de trabajo que los que se incorporaron al mercado laboral”, afirmó. La desocupación se ubica en torno al 6,3%, según el último dato oficial, todavía por encima del nivel del 5,4% del inicio de su mandato. En rigor, durante su gobierno cayó el empleo registrado y el repunte reciente se explica en gran medida por el crecimiento del cuentapropismo y del trabajo informal.
Asimismo, volvió a marcar distancia del empresariado industrial, al que acusó de ser “cómplice del saqueo”. Los apuntados se repitieron: Paolo Rocca y Javier Madanes Quintanilla, con quienes había protagonizado cortocircuitos en los últimos días por el precio de los tubos de acero y el cierre de FATE, respectivamente.
Así, entre gritos, chicanas y una escenografía más cercana a un estudio televisivo que a una ceremonia institucional, Milei volvió a mostrar cuál será su método para el tramo que viene: tensión permanente hacia afuera y velocidad reformista hacia adentro. La incógnita ya no es si avanzará con su agenda, sino cuánto podrá sostener ese ritmo antes de que la política —o la economía— le impongan un límite.
