EEUU creció 1,4% en el último trimestre de 2025, la mitad (o menos) de lo que se esperaba. La inflación de enero, que trepó 0,2% según los precios al consumidor, escaló 0,4% si se la mide por el deflactor del gasto de consumo personal. Su velocidad anualizada (4,3%) duplicó con holgura la meta de 2%. Wall Street no se alteró. Una semana atrás facturó a su favor dos sorpresas “opuestas”: una vigorosa resurrección de la creación de empleo y la citada mesura de la inflación al consumidor. Si correspondía hacer una devolución, ni siquiera la intentó. Una noticia fuerte, que no fue sorpresa, le puso alas al rally: la Corte Suprema declaró la nulidad de los aranceles de emergencia que aplicó la Administración Trump. La razón es cristalina: el presidente carece de autoridad, por más que invoque una emergencia económica. Y el Congreso (que tiene mayoría republicana en ambas cámaras) no participó ni los aprobó. Asunto cerrado. Tal como se pensaba desde un principio. Y a la hora señalada. El fallo no esperó, como se especulaba, que el presidente dirigiese primero su discurso sobre el Estado de la Unión mañana en el Congreso.
Muerto el arancel, viva el arancel. El 2 de abril del año pasado, Trump todopoderoso apostó a los hechos consumados. El Día de la Liberación, dispuso un aumento unilateral masivo de aranceles (“recíprocos”) bajo el paraguas de la Ley de Emergencia Económica. Estrenó una cruzada que protagonizó innumerables vicisitudes posteriores y sirvió para ablandar voluntades extranjeras y forjar arreglos comerciales bilaterales (que, en principio, seguirán en vigencia). Trump cumplió así su promesa electoral de usar los aranceles como una herramienta fundamental de su política económica. Ya sea para reindustrializar el país, aumentar la recaudación o aceitar negociaciones internacionales.
Ex profeso, el presidente avanzó más allá de su autoridad. Al que madruga, ¿Dios lo ayuda? Que los jueces le dijeran después que se había excedido y que se hicieran cargo, en ese caso, de las consecuencias de desmantelar el andamiaje instalado. Será una catástrofe, advirtieron los funcionarios. Pues bien, es lo que acaba de hacer la Corte Suprema. Y no es la muerte de nadie. La Bolsa le dio la bienvenida con una suba de cotizaciones, como se dijo. La volatilidad del S&P 500 se hundió más de 5%. Y las tasas largas, que podían acusar ansiedad por el impacto fiscal, aumentaron apenas un diezmilésimo a diez años. Tampoco es la muerte de los aranceles. Un Trump enardecido los reemplazará (parcialmente) por otros flamantes, con un mejor sustento legal. Y así lo anunció el viernes.
El «Plan B» de Trump
El Plan B descansa en la potestad que concede la sección 122 de la Ley de Comercio de 1974 para establecer aranceles en caso de “déficit de la balanza de pagos”. El viernes Trump anunció un gravamen universal de 10% y el sábado lo elevó al tope admisible de 15%. Es una solución transitoria – la vigencia máxima de dichos gravámenes es de 150 días – aunque el gobierno podría recurrir (haciendo una interpretación abusiva) a una aplicación reiterada intercalando fugaces interrupciones. Existen otros recursos legales que podría utilizar más adelante – que requieren el respaldo de investigaciones previas que certifiquen la existencia de prácticas comerciales reprobables – como ser la apelación a las secciones 232 y 301 (que ya son empleados hoy para justificar aranceles dispuestos por el Ejecutivo que la Corte no cuestionó).
La principal flaqueza del Plan B es que no puede replicar la estructura arancelaria altamente diferenciada país por país del esquema original. Salta a la vista que China se beneficiaría al dejar de estar gravada a 30% plus y pasar a la alícuota general de 15%. Y tratar de restablecer la situación que regía hasta el viernes supondría reabrir las tensiones con Beijing, que sabe que su control de las tierras raras es un elemento ultrasensible en cualquier negociación. A fin de marzo, Trump visitará a Xi Jinping a domicilio. Y este será un tema urticante en la agenda.
A Wall Street lo tiene sin cuidado la infinidad de temas – como éste – que abre la sentencia de la Corte Suprema. ¿Cómo se devolverá la recaudación que ingresó indebidamente el Tesoro y debe restituirse al contribuyente? Descuenta que Trump insistirá con nuevos gravámenes al comercio, y que lo hará con éxito, aunque presumiblemente con menor recaudación. En el margen, la devolución y la merma de ingresos del fisco, será un estímulo extra para lo que resta de 2026. Pero lo que más le importa del fallo es que la Corte confirmó tajante su independencia del Ejecutivo.
Con la nominación de tres jueces (Gorsuch, Kavanaugh y Coney Barret) en su primera presidencia, Trump cambió la composición y el perfil de la Corte que pasó de una mayoría conservadora ajustada (5 a 4) a una amplia y consolidada (6 a 3). Sus sentencias mudaron diametralmente como fruto del viraje con un fuerte impacto en la sociedad (por ejemplo, revirtiendo el fallo Roe vs Wade de 1973 y por consiguiente la doctrina sobre el aborto).
En Trump vs EEUU (2024), la Corte consagró (6 a 3) la inmunidad presidencial en el ejercicio de sus funciones. La toma de decisiones agresiva de Trump, y sus políticas al filo de la navaja, quiérase o no, están alentadas por esta inmunidad (aunque no cubre sus actos privados ni lo exime de un eventual juicio político por el Congreso). “La relación entre el Presidente y el pueblo al que sirve ha cambiado de manera irrevocable. En cada uso del poder oficial, el Presidente es ahora un rey por encima de la ley.” Así se pronunció el voto en disenso de la jueza Sonia Sotomayor.
No obstante, la Corte – conservadora, sí, pero independiente – le puso límites a la audacia de Trump. Recordó la separación de poderes que establece la Constitución. Es el Congreso el que crea los impuestos. No hay aquí ninguna innovación de criterio. Mucho menos una consagración de los hechos consumados. El presidente de la Corte, el conservador John Roberts, redactó la sentencia. Y tuvo el apoyo de dos jueces nominados por Trump (Gorsuch y Coney Barrett) y de los tres ´progresistas` (incluyendo a Sotomayor). La votación 6 a 3 no deja lugar a dudas.
En su primera presidencia, Trump consiguió cambiar la integración de la Corte Suprema y con ello su orientación doctrinaria. Cualquier parecido con su obsesión actual por alterar la composición de la Reserva Federal no es mera coincidencia. Es el método. Wall Street confía en que la Fed mantendrá su independencia, y pone precios acorde. Después de leer el fallo, con más razón. Kevin Warsh, quien guarda absoluto silencio desde su nominación, hallará un motivo de inspiración en el juez Roberts. Deberá ejercer el mismo liderazgo en una institución a la que Trump exige lo que no debe concederle. Solo que muchísimo más segmentada en sus opiniones. Tiene a favor que aquí no caben los hechos consumados. Trump puede madrugar y subir abusivamente los aranceles, pero no puede bajar las tasas de interés por su cuenta.
Wall Street subió con ganas. Y casi sin excepciones. A la vanguardia, las empresas pequeñas y medianas (S&P Mid Cap 400 y Small 600) son el ariete que rompe récords. Avanzaron más de 9% desde que comenzó el año. ¿Que el PBI creció menos que la mitad de lo que se pensaba? Habría que avisarle al Dow Jones de Transporte que escaló 2,5% en la semana y lleva 14,3% en 2026. ¿Será que pronto se quedará sin cargas que despachar? No es lo que anticipa. El PBI creció 1,4% en el cuarto trimestre afectado por el shutdown de octubre/noviembre, la variabilidad impredecible de las importaciones (que se agravará con la transición arancelaria) y otros temas menores que más que reducir el vigor de la expansión afectan su contabilización en cada período. La solidez de la tendencia no se discute. La demanda final del sector privado (interno) mantuvo su velocidad de crucero: + 2,4%. Y en estas condiciones cambiantes es un mejor predictor del PBI a mediano plazo que el propio PBI.
En cambio, el aumento de 0,4% del deflactor del consumo personal sí es una luz amarilla (que se esperaba que encendieran los precios al consumidor y no lo hicieron). Se sabe, enero obliga a tomarlo con pinzas por deficiencias repetidas de la data. Los bonos no le prestaron atención. La Fed lo hará. El banco central independiente no volverá a bajar las tasas hasta que esa luz no se apague. Aun así, la novedad sobresaliente fue, sin embargo, la suba semanal del S&P 500, por primera vez desde enero. Sigue sin acosar los 7 mil puntos, pero recuperó la media de 50 ruedas. Avanzó 1,1%, el mayor alza de las últimas seis semanas, y quedó apenas a 1% de los récords. Ratifica que el paso de los toros continúa, aunque ahora ignotos actores de reparto encabecen la cartelera y se le haya dado descanso forzoso (y uno que otro hondazo) a las estrellas.
