Del candil a la electricidad: la nueva vida en las sierras vallistas


Lejos del movimiento de San Agustín de Valle Fértil, donde el camino se vuelve angosto y la montaña parece tragarse cualquier señal de la vida urbana, están los puestos de Sierra de Chávez y Sierra de Elizondo. Allí el silencio tiene un sonido propio. Solo se rompe con el balido de las cabras, el ladrido de algún perro o el viento que golpea contra los corrales de piedra. Justo en ese lugar, donde las noches siempre estuvieron iluminadas por un candil, comenzaron a encenderse las primeras luces eléctricas. La Dirección de Recursos Energéticos lleva adelante una obra que permite que, por primera vez, la electricidad llegue a los hogares de estas familias.

Recorrer decenas de kilómetros por un camino de piedra, atravesar más de diez veces el río que acompaña el paisaje y ver de cerca la vegetación típica de Valle Fértil hacen que el viaje hasta las sierras parezca una aventura. El viento frío, la niebla que por momentos se confunde con las nubes y el vuelo de algunos cóndores también forman parte de este lugar que poco a poco comenzó a cambiar, pero que sigue manteniendo su esencia.

El olor a leña recién encendida, al humo que sale de los fogones y al chicharrón que hierve en una olla de hierro acompaña la rutina de familias que durante décadas vivieron prácticamente aisladas. Los vecinos más cercanos pueden estar a varios kilómetros de distancia. En ese contexto, la llegada de la luz significa mucho más que poder encender una lámpara: abre nuevas posibilidades de conexión, trabajo y vida cotidiana en un territorio donde la distancia y la falta de servicios marcaron a generaciones.

Valle Fértil Las Sierras

En medio de las sierras, los puesteros todavía se emocionan al hablar del cambio que están viviendo. Los ojos se les llenan de lágrimas cuando recuerdan cómo fue su niñez y, sobre todo, cuando comprenden que sus hijos podrán crecer con posibilidades que para ellos parecían una utopía. Las historias aparecen en situaciones tan sencillas como lavar un guardapolvo. Durante años, hacerlo en invierno significó meter las manos en agua helada. Hoy pueden encender un lavarropas o un centrifugador. “Nunca tuvimos luz. Yo nací y me crié en Sierra de Elizondo y ahora vivo acá, en Sierra de Chávez, con mi esposo y mi hija. Cuando era niña era común que nos alumbráramos con un candil. Pensar que ahora mi hija va a tener luz me da mucha felicidad”, contó Anabel Vera, una de las mujeres que vive en la zona.

Para quienes habitan las sierras, la llegada de la electricidad tiene muchas caras. Algunas están relacionadas con tareas que en cualquier centro urbano forman parte de la rutina: conservar alimentos en una heladera, lavar ropa, iluminar una habitación o utilizar un electrodoméstico. Otras tienen que ver directamente con la posibilidad de trabajar y progresar.

“Ahora que tenemos luz mi esposo empezó a construir nuestra casa porque puede hacer andar la hormigonera, cosa que antes no se podía”, dijo otra vecina; mientras que, a varios kilómetros de allí, en otro de los puestos, la electricidad también abrió una posibilidad diferente. Un padre comenzó a enseñarle a soldar a su hijo adolescente. La explicación es sencilla: “Para que tenga una salida laboral”.

Valle Fértil Las Sierras

“Para mí es una oportunidad única. Porque no sólo podemos tener luza, sino que también tengo trabajo y estoy ayudando a todos los puesteros” agregó, Facundo Fernandez, quien fue contratado por la empresa para poder trabajar en la obra. Facundo ya conectó la luz en la casa de sus padres.

Las frases, historias y anécdotas se repiten en cada uno de los puestos que ya cuentan con el servicio y también en aquellos donde todavía se trabaja para completar las conexiones.

El cambio puede verse en esas pequeñas acciones cotidianas que antes dependían de la luz del día, del esfuerzo de las manos o, directamente, no eran posibles. Para quienes viven en la ciudad pueden parecer cosas simples, pero en medio de estas sierras significan una nueva forma de habitar, trabajar y pensar el futuro.

Y mientras puertas adentro comienzan a cambiar algunas rutinas, afuera la vida conserva su ritmo. El silencio, las cabras, el humo de los fogones y la inmensidad de la montaña siguen formando parte de la misma postal. Solo que ahora, cuando el sol desaparece detrás de las sierras y llega la noche, algo es diferente: durante generaciones, ese era el momento de encender un candil; hoy, en esos mismos puestos, alcanza con accionar un interruptor.





Fuente: sisanjuan.gob.ar

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