Sofismas y zonceras en la era mileísta  


Un sofisma puede definirse como “una razón o argumento falso con apariencia de verdad”. El enunciado milenario del Siglo de Oro griego, podría emparentarse con aquella definición de zoncera del pensador argentino Arturo Jauretche. En estos tiempos modernos los sofismas y zonceras fueron mutando por obra de los grandes conglomerados de dominación mediática hacia la conformación de una creencia que va modelando el sentido común y el modo de razonar, con el propósito de que se asuma una conducta social y política funcional a los núcleos del poder. Un sofisma cae cuando su argumento principal, sobre el que se basa y desde el cual se construye el andamiaje lógico, se demuestra falso y consecuentemente se desnudan sus sentencias de ficción.

El Gobierno construye sus propios sofismas y despliega una importante acción en pos de justificar su política económica. El principal sofisma afirma categóricamente que el único camino para reducir el déficit fiscal y que la economía crezca es destruir al Estado a través de recortes presupuestarios en salud, educación, obra pública, protección del mercado interno, quita de subsidios, privatización de empresas, apertura de importaciones, y desregulación de la economía. Complementa este argumento afirmando que ese crecimiento reducirá la pobreza, la indigencia y la inseguridad.

Estos vulgares engaños fueron transformados en dogmas, aunque eluden temas básicos como un cambio en la distribución de la riqueza y el ingreso, que podrían generar el crecimiento pronosticado. La problemática del sobreendeudamiento externo en esos esquemas siempre actuó como canaleta por donde se van los recursos fiscales, ya sea con organismos multilaterales como el FMI, o bien con los prestamistas de Wall Street. Pero no son las únicas falacias presentadas como “lógicas”. Hay más elaboradas desde un rústico propagandismo, como aquel del 17.000% de inflación que se nos venía encima, y la economía como el “cohete a la luna” del Toto Caputo y otros sofismas tan estrafalarios como aquel de que la mayor parte del ajuste recaería sobre la maldita casta, que los salarios subieron y son los mejores de la región. El PBI terminó negativo, sólo el sector agropecuario post sequía registró un aumento, mientras que la construcción, la industria manufacturera y el comercio mayorista y minorista tuvieron un franco retroceso, como consecuencia de la drástica disminución del consumo, la devaluación salarial y el aumento de los precios relativos generados por las corporaciones monopólicas, que son quienes los forman y sus beneficiarios directos. Sin embargo, faltaba la Gran Confesión: “le devolvimos 15 puntos del PBI al sector privado que antes era dilapidado por la política”. Un bolazo colosal, aunque vale la declaración sobre quiénes son sus mandantes y beneficiarios.

Pero inevitablemente la batalla cultural continúa sin tregua. La semana pasada, Milei, cuyas explicaciones y narrativas, aspiran a tener la potencia retórica de las máximas, pero que a poco de andar caen por las patas cortas de las mentiras; publicó una nota en La Nación, ensayando una suerte de autoevaluación de su gobierno. Al leerla irremediablemente se hace presente la voz del entrañable Tato Bores ridiculizando el discurso económico del gobierno de turno. El presidente subraya que el crecimiento per cápita es de vital importancia para las naciones. Nada raro, si pretende decir que se trata de una condición sine qua non para el bienestar. La clave es el ocultamiento de que esa condición no significa que el PBI per cápita sea un índice que dé cuenta de una distribución equitativa de esa riqueza según la cantidad de habitantes; consecuentemente de bienestar generalizado. Eduardo Galeano escribió alguna vez que “en nuestras tierras, los numeritos tienen mejor suerte que las personas”, preguntándose “¿dónde se cobra el Ingreso per Cápita?” porque “A más de un muerto de hambre le gustaría saberlo”.

Con esa zoncera arranca la “sesuda” nota en la que el presidente pretende fundamentar que “vamos por el buen camino”. Desde allí sostiene que la Argentina de los inicios del siglo XX era una potencia mundial, dado su PBI per cápita, sin considerar que aquel modelo agro exportador era atrasado y oligárquico, y obturaba un desarrollo industrial y social. Ni se le ocurre pensar en la inexistencia de derechos laborales y políticos democráticos. Un paneo sobre la sociedad argentina de principios del siglo XX daría cuenta de grandes desigualdades sociales en la que unos pocos viajaban a Europa con la vaca atada, tirando manteca al techo. El problema es el de siempre, ¿quién acumula, cómo se distribuye y quiénes desacumulan? “Vermú con papas fritas y good show”, diría Tato.

El andamiaje narrativo oficial le presenta a la sociedad un triunfalismo político que sería irrefrenable. En realidad, terminó el 2024 con una inflación a la baja, pero que acumuló el 115%, y con caída del consumo, 11.900 pymes cerradas, pequeños y medianos productores agropecuarios comprometidos, aumento del desempleo, un marcado e inducido retroceso de salarios y haberes jubilatorios, y tarifas impagables. Pero según Milei “vamos por el rumbo del crecimiento”. Habrá que tener paciencia, teniendo en cuenta que la proyección presidencial es que recién en 40 años Argentina volverá al top mundial del Centenario, de las vacas, el trigo y una oligarquía parasitaria que glorificaba a la infanta española, Isabel de Borbón, y al rey británico.

Eso sí, lo único sagrado serán los pagos de la deuda externa que Argentina heredó del macrismo que, “curiosamente”, imponía el mismo modelo de Milei, aunque más gradual. Asistimos a una nueva era de espejismos e ilusiones, como aquellas del viejo y de la vieja que van quedando deshechas en las arena. No obstante para las fuerzas populares, progresistas y democráticas, es necesaria, como siempre, una amplia unidad política para organizar a la ciudadanía generando espacios de participación ciudadana y protagonismo social, que enfrenten democráticamente este plan clasista y seguir asumiendo sin concesiones y con creatividad la disputa cultural. No son solo los sofismas, zonceras y falsas expectativas, también son los valores individualistas e inmorales que enarbola este gobierno thatcheriano, con sus concepciones elitistas de una “libertad” que enmascara la pauperización de la vida del pueblo y la entrega del patrimonio nacional. 

* Secretario General del Partido Solidario. Director del Centro Cultural de la Cooperación «Floreal Gorini».



Fuente: www.pagina12.com.ar

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